El deporte y yo

Good morning!

Hoy estrenamos sección en el blog. Hemos creído oportuno y apropiado llamarla Gymtalk. Y he aquí el logo provisional, vamos, que Emma se reserva el derecho a modificarlo en cualquier momento.

Como su nombre bien indica, Gymtalk es el espacio donde vamos a recoger todo lo relacionado con el ejercicio físico. Hemos elegido "gym" y no ejercicio físico en general porque nos sonaba más bonito y porque, básicamente, es donde nosotras movemos el culete y sudamos la gota gorda. Y además, le tenemos mucho cariño a nuestro gimnasio. 

Llevo un rato, días más bien, deliberando qué tema es el mejor para abrir la sección. Y, la verdad, no he llegado a ninguna conclusión. Hay taaaaantas cosas que quiero compartir. Así que, ante la maldita indecisión, creo que os voy a contar cómo ha ido evolucionando mi relación con el deporte. Me da a mi que más de uno/a se va a sentir identificado.

Volvamos al colegio. Alejandra era un pequeño (no tan pequeño) pato mareado andante. Siempre era la última en todo: la última en las carreras, la última en completar el circuito de resistencia, la que se tropezaba con los obstáculos, la que no sabía saltar al potro y también la persona que nadie quería en su equipo. Por lo menos tenía buena flexibilidad. Educación física, especialmente en los últimos años de colegio, era, para mi, la clase de la tortura. Recuerdo que siempre le preguntaba a "la otra clase" qué es lo que habían hecho y, dependiendo del ejercicio, me hacía la enferma o directamente me escaqueaba cual gallina. De verdad, os prometo que lo pasaba mal. No era divertido ver cómo todas mis compañeras ya habían dado 14 vueltas al parque y yo no había completado ni cinco y ya estaba fatigada. Tampoco me gustaba tener pánico al banco y bloquearme cada vez que había que saltar. Y, ¿sabéis qué odiaba? Odiaba cuando teníamos que decir nuestro peso para que el profesor pudiera calcular cuantos minutos teníamos que aguantar enganchados como murciélagos: yo escuchaba los pesos de mis compañeras, hacia una media aritmética de lo más chapucera y, ale, ese era el número que le decía al profesor...quien, con razón, me miraba con una sonrisita de sospecha. Por cierto, ¿sabéis cuánto aguantaba ahí arriba? 1 segundo...por no decir cero. Ahh, se me olvidaba el tema del sudor. ¿Podía gustarme menos calcular fuerzas y aceleraciones en Física mientras me caían gotones, repito, GOTONES de sudor por la cara?

En fin, ¿qué queréis que os diga? Educación Física no era lo mío, o eso pensaba yo. Cada año que pasaba, me reafirmaba más en mi convicción. Sólo quería que llegase segundo de Bachillerato para acabar con esa maldita clase. El deporte y yo NO éramos compatibles. Y llegó. Segundo llegó...con 10-15 kilos más. ¿Qué bien no? Aún así, rara vez vi el deporte como una de las vías para adelgazar. Más bien, nunca se me pasó por la cabeza hacer ningún tipo de deporte. Nunca. Ever. Never. Mi mejor amiga me hablaba de su gimnasio y otros hablaban de sus carreras populares, pero para mi todo eso sonaba muy ajeno, muy lejano. Bueno, he de decir que de año en año me decidía a bailotear unas cuantas canciones de Batuka o del Just Dance, el juego de la Wii.

Nunca nada serio. Cero compromisos.

En Chicago (2º de carrera) fui al gimnasio algún día y la verdad, descubrí que me quedaba la mar de a gusto después de darle a la elíptica y hacer una porquería de abdominales. Pero nada, no me enganchó. A finales de abril, cuando ya quedaba poco para volver a Madrid, descubrí Zumba. Iba con amigas de la universidad y no sabéis lo bien que me lo pasaba. Creo que fue en ese momento cuando me empezó a picar el gusanillo del ejercicio. Digo "empezó" porque no fue hasta ese verano que nos apuntamos al gimnasio. La historia es la mar de simpática: estábamos Emma y yo comiendo en el Vips y a nuestro lado había un hombre con la camiseta de ENTRENADOR PERSONAL. En ese momento, empezamos a hablar sobre ese gimnasio y dijimos, why not? Fuimos a verlo, el comercial nos acabó de convencer y...we were in! Empezamos a ir al gimnasio, aunque nada comparable al compromiso que tenemos actualmente. Íbamos de vez en cuando a alguna clase, hacíamos 20 minutitos de elíptica en modo champiñón y le dedicábamos tiempo al estiramiento. No me acuerdo muy bien, pero creo que hacia Octubre-Noviembre me empecé a enganchar al Body Combat y al Body Jam...iba a esas clases y cuando no tenía tiempo, un poquito de maquinita y listo. Y ya, por fin, llegó Abril, el mes en el que mi vida hizocataplunchimpumpam. Empecé a entrenar con un hombrecito la mar de majo (mi actual entrenador vaya) y a ir al gimnasio 6-7 veces por semana. Me acuerdo que solíamos entrenar los miércoles a las siete de la tarde para que pudiese seguir yendo a mi clase favorita, que era justo después del entrenamiento (Body Jam). Cuando me dijo que iba a hacer dos horas seguidas de ejercicio, os prometo que todo el sudor se me enfrió en un periquete. Llegaba MUERTA a Jam. Pero bueno, ahora sonrío al pensarlo. Como os iba diciendo, empecé a ir a un montón de clases y a hacer religiosamente los circuitos que me mandaba mi entrenador y VOILA!

Le cogí el gusto a pasármelo bien. A desconectar de la rutina. A superarme a mi misma. A vaciar la cabeza de preocupaciones. ¿Qué dramática me he puesto, ehhh? No, de verdad. Al margen del tema 'adelgazamiento', ir al gimnasio me ha aportado tantas, tantas cosas buenas. Para empezar ha cambiado mi visión con respecto al ejercicio: ahora sé que puedo hacerlo, que soy perfectamente capaz de correr, saltar, hacer abdominales, flexiones, sentadillas...LO QUE ME DA LA REAL GANA. Con trabajo y paciencia claro...que he tenido y tengo que trabajar mucho. También me ha enseñado a estar más relajada, ser más relajada en general. No sé muy bien como explicarlo, no es que ahora sea una loca de la vida, sino que ahora afronto los problemas con más calma...me hago más veces la pregunta ...¿de verdad es para tanto?¿Es solucionable? Es un poco un Hakuna Matata light y realista. Además, ahora cuando estoy triste, preocupada, agobiada, enfadada o estresada, se a donde ir y qué hacer. Por último, pero no menos importante, he ganado una cantidad de confianza en mi misma que no cabe ni en el mismísimo Bernabeu. Supongo que también va muy ligada al hecho de haber perdido peso, pero aún así, hay otro algo que es ajeno a esta cuestión. Vamos, a mi me ayuda a aplacar al peligroso monstruo de la inseguridad. Por ejemplo, la zona de los forzudos de mi gimnasio, siempre ha sido territorio prohibido para mi (mentalmente, claro). Que no. Que yo no pertenecía a ese sector. Que se iba a reir todo el mundo de mi, que si estoy demasiado sudada, demasiado gorda, demasiado floja. Ahora (con bastante timidez he de admitir), me paseo por ahí con mis mancuernas, mis sentadillas con peso y mis press de banca, y acabo mi circuito haya quien haya y esté lo sudada que esté. El sudor y yo, señores, es un tema que se merece un post aparte.

Hace un momento, repasando los blogs que leo frecuentemente, he visto esta preciosa ilustración de Agustina Guerrero que nos viene al pelo.

En fin, en resumen, en conclução...hacer ejercicio me hace muy feliz, me hace sentir bien y no concibo mi día a día sin el. Creo que, el ejercicio está hecho para todos...aunque fueses el último mono en el colegio. Como dice Mary Poppins, con un poquito de motivación y empeño, todos podemos engancharnos y disfrutar de sus múltiples beneficios. 

Creo que por hoy ya me he enrollado más que suficiente y encima, llego tarde a 'spinning'! Sieeeeempre igual. Nos leemos pronto. 

Un besotee