Sayonara báscula

 ¡Hola matriculetaaaas!

¿Cómo estáis? Hoy os traigo una pequeña reflexión que normalmente subiría únicamente a Instagram, pero he pensado que no está de más compartirla por aquí puesto que las fotos de Instagram van bajando, van bajando y al final caen en el olvido. En cambio, por aquí siempre podéis ir al archivo de posts y releerlo o compartirlo cuando queráis.

Como la mayoría de los que estáis leyendo ya sabréis yo bajé mucho peso cambiando mis hábitos alimenticios y haciendo mucho deporte. Sí, dejé de comer cantidades industriales de comida, cambié las croquetas de jamón por rollitos de lechuga con atún y me dejé la piel en clases de Body Combat (entre otras). Efectivamente, perdí peso, me empecé a poner la ropa que nunca me había atrevido a ponerme y me sentía meeeejor que nunca...a ratos. Ahora bien, durante este proceso convertí a la báscula en mi medidor de felicidad: me pesaba varias veces al día (al levantarme, después de desayunar, antes de hacer deporte, después de hacer deporte, antes de acostarme, etc, etc) y si el número no cuadraba con lo que yo quería que indicase, amigo mío, el día ya no tenía sentido alguno, algo estaba haciendo mal y me sentía fatal.

Una vez al mes, mi entrenador me pesaba y tomaba medidas para ir viendo los avances y mantener un control. ¿Tiene algo de malo esto? A bote pronto, no. Claramente, es importante saber si determinado entrenamiento y dieta esta funcionando o no y crear un historial del progreso. En principio, no hay nada malo, ¿no? Pues en mi caso, llegó un punto en el que si llegaba el día de pesar y el número de mi báscula no había bajado o bajado lo suficiente trataba de cancelar el entrenamiento o simplemente no comer nada hasta la hora de medir, después entrenar y ya después comer algo. Entrenaba a las cuatro de la tarde, señores. Me tiraba desde las 7 de la mañana hasta las cuatro sin comer o beber simplemente para engañar a la báscula, a mi entrenador y en última instancia, a mi. Nunca llegué a hacer nada más allá de eso pero, amigas y amigos, sigue sin tener un pelo de saludable. Por muchos kilos que llevase perdidos y por muy guapa que me viese todo el mundo. Fue la época en la que más delgada estuve y aún así no había manera de verme bien del todo. Aquel verano ni me atreví a ponerme vestido, tirantes lo justo y de bañadores ni hablamos. Y os repito, fue la época en la que más delgada estuve. El número de la báscula era quien condicionaba mi estado de ánimo y mi valía. ¿Que había adelgazado? ERA UNA MÁQUINA. ¿Qué no? MENUDA BASURA DE HUMANO. QUÉ HABRÍA HECHO MAL ESE MES. 

Lógicamente, aquello no era sostenible: trataba de quedar siempre en sitios donde sabía que podía pedirme algo bajo en calorías (que no saludable), hubo una época en la que reduje muchísisisimo las cantidades de la cena y hubo un momento en el que las palizas del gimnasio me las metía con la idea de quemar calorías y no de disfrutar del deporte. Como os digo, nunca vomité, nunca dejé de comer y no hice nada más extremo que lo que os cuento, aún así, no deja de ser un comportamiento obsesivo y enfermizo con la comida. 

Una lesión de rodilla me obligó a dejar un poco la caña que me estaba metiendo en el gimnasio y mi entrenador dejó de pesarme y tomar medidas. Poco a poco empecé a comer más, a no mirar la báscula y en Navidad ya se me fue todo al garete. Con la excusa de los regalitos de navidad, empecé a comerme los m&ms, lacasitos y conguitos de los paquetes regalo que le preparaba a mis amigos y desde ese momento mi control militar de la comida fue cuuuuuesta abajo. No obstante, fue a partir de aquí (y los meses siguientes) cuando empecé a leer mucho más sobre nutrición, aprender la diferencia entre calorías y comida saludable y olvidarme un poco (bueno, por completo) de la báscula. Mi problema no fue que empezase a comer hamburguesas y pizzas a cascoporro, no. Simplemente, dejé de controlar las cantidades ya que bueno, lo que comía, por lo menos eran alimentos saludables. Nada de báscula. 

Y bueno, sí, a lo largo de estos meses fui engordando (nada dramáaatico), pero al mismo tiempo cada vez estaba más metida en todo el tema de pulir la alimentación e intentar aprender sobre la comida desde un punto de vista mucho más "científico": aprender qué son los macronutrientes, cómo reacciona nuestro cuerpo a determinado ingrediente, etc, etc. Pero bueno, el caso, que llegó un momento en el que dije...ostras, pues he engordado. Y me dio rabia. Al principio lo vi todo negro azabache: otra vez tenía que volver al control estricto de la comida, a minimizar al máximo los alimentos más calóricos...y nada, mejor volver a lo básico que funciona y me adelgaza. Pero después, empecé a acordarme del agobio con el que vivía, de la locura de ayunar hasta las cuatro de la tarde o de los castigos que me metía pal cuerpo cada vez que subía 500 gramos o ese mes no había adelgazado. Todo para ni siquiera acabar de sentirme bien. Y no. Habiendo aprendido toooodo lo que he aprendido sobre la comida, no pensaba volver a eso: se puede perder peso de una manera saludable, sin NINGÚN tipo de obsesiones y disfrutando del proceso. Únicamente localicé dónde estaba el problema y le puse solución (y a día de hoy sigo haciéndolo): controlar las cantidades, incluir más verduras y ser sincera conmigo misma. En cuanto empecé a entender y aplicar que por muy sanas que sean las avellanas no me puedo comer media tarrina en un día, que acompañar la comida con verduras te deja muuuucho más lleno y que, de vez en cuando, la pifio, volví a bajar de peso. Bueno, y sigo en ello. ¿Y sabéis qué? Lo decía el otro día en Instagram, pero este verano, tendré más kilos encima, pero no tengo ningún problema en sacar las piernas al sol y ponerme lo que me de la realísima gana. Me da exactamente igual. ¿Por qué? Porque estoy disfrutando del proceso y estoy orgullosa de cómo lo estoy haciendo. Porque no hay ningún tipo de obsesión de por medio. Porque como de 9,5 durante toda la semana y disfruto como nadie con el cheatmeal que me toque esa semana. Sin ningún tipo de remordimiento. NINGUNO. Eso antes...imposible. Porque he aceptado que soy humana y de vez en cuando me salgo del "tienes que" y el "debería" y me como esa onza de chocolate de más. Y no pasa nada. Y sigo siendo la misma. Sigo valiendo lo mismo. Sigo adelgazando. Sorpresa. Magia. Tachán. La ropa es mi principal indicador de mis progresos y la báscula me lo comenta de vez en cuando, muy de vez en cuando. Y os prometo que soy mucho más feliz...que me veo en pantalón corto y me veo bien. Que hay que meterse en la cabeza que "delgado" no es sinónimo de felicidad. Está leeeeeejos, muuuuuy lejos. 

Y ya está, sólo quería contaros esta segunda parte de mi experiencia porque estoy segura de que más de uno/a os vais a sentir identificados y creo que, de un modo u otro, puede servirle a alguien para cambiar la manera de ver todo este embrollo de perder peso. Como veis es bastante fácil caer en este tipo de comportamiento cuando estamos perdiendo peso, obsesionarnos con el número y la comida, y, de verdad os lo digo, no va a ningún sitio. En mi opinión, así es cómo acabamos en los famosos rebotes. Disfrutad del proceso, no tengáis prisa y no os apedreéis cada vez que hagáis algo "mal". Os lo prometo, sé que lo habéis leído mil veces pero en el momento en el que veáis vuestra valía más allá del número que marca la báscula, adelgazar o cualquier cosa que queráis conseguir se hará muuuuuuuuucho más llevadero :). 

Un beso enorme.

PD: Y para muestra dos fotos.

Yo (bueno y Elena) en agosto del año pasado (2014). ¿Veis a Elena? Claramente hacía tiempo de manga larga y pantalón largo (negro). Y, además, recuerdo ver esta foto y verme las piernas enooormes. Por aquello de que se ve mucha cadera y mucho muslo que se toca. Sí, sí. Así.

Yo este agosto (2015). No hace falta que diga ná :).